8.23.2006

delicia de los desencuentros

El salón de belleza era la sala de una casa. Era amplia, con ladrillos blancos; de un lado estaban las habitaciones de las dueñas y estilistas y del otro, un porche que daba a una calle sucia y muy transitada.

La niña estaba empezando a caminar y ensayaba sus primeras palabras. Se tambaleaba de la sala al porche recitando su palabra preferida: No – decía. (Pausa). No. (Pausa). (Se agarraba de las patas de las sillas, como una pequeña astronauta de pañales pesados). Y después en crescendo: ¡no, no, no, no!

La pedicurista le frotaba los talones a mi madre con la piedra pómez cuando las dos se percataron de la vehemencia con que la bebita ensimismada andaba recitando su “no.” Alzó los ojos y le dijo a mi mami: “Ay, hermana, ¡si tan sólo siguiera diciendo así después de los quince!” Las carcajadas no se hicieron esperar. Hasta la señora que andaba barriendo los mechones del piso se detuvo a media sala a doblarse de la risa.

Escuché mucha conversación de grandes (y me atiborré de porquerías leyendo Vanidades y Cosmopolitan) cuando mi madre me dejaba acompañarla al salón de belleza, pero esa conversación de la bebita nunca la olvidé.

Últimamente la recuerdo porque en lugar de idílicos encuentros con tipazos exóticos, me he dedicado a coleccionar desencuentros. Del taxista y el engañadito ya les conté. Hubo también un morenazo de ojos verdes con un cuerpo soñado (platicamos en la playa), pero andaba de paso por Río, así que no íbamos a ser amigos y una aventura tan anónima no me inspiró.

Hubo el rubio divorciado que vivió muchos años en Boston, tenía una voz suave y una moto (qué emoción), pero ante la duda de que la primera vez que no coincidimos me había dejado plantada, la segunda vez lo dejé tocar el timbre muchas veces mientras yo continuaba disfrutando mi baño calientito, sola y tranquila. (Ese fue el desencuentro más premeditado de mi vida).

Hubo el mesero simpático que dejé plantado sin querer y con mucho pesar: me invitó a una cerveza mi última noche en Río, pero corrí tanto por toda la ciudad ese día, que en la noche ya no tuve ganas de ir hasta allá a encontrarme con él.

Hubo el intelectual peruano, un flaco lindo y desarreglado con una inteligencia deliciosa y encanto de más, pero la novia me lanzó dardos venenosos por los ojos cuando me le acerqué. Después me cayó mal por sometido.

Hubo el rock star peruano que hubiera colmado mi fantasía groupie, pero es que el peludo no estaba tan bueno como su música.

En algún momento, hubo hasta un desencuentro en mi propia sala, para qué cuento más.

He de confesar que hay algo bien rico en todo eso. La picarona de Lily me decía hace varias semanas: “¿Y entonces? ¿Vas a ser la única que fue a Brasil y no se afincó un brasileño?” Ohhh the pressure! Y yo quería, a veces sí quería.

Pero no.

Cada vez que lo digo me da risa. Me siento un poco torpe y cómica, como esa niña que está aprendiendo a coordinar su cuerpo con su voz, su inteligencia con su deseo. Mejor aún, cuando lo digo y sé que ya no estoy guardando luto por el Difunto, sino siendo leal conmigo misma, me siento... grande.

Ah, pero a Brasil, a Brasil hay que volver. Eso síííí.


2 comments:

Andy said...

Glad to hear that you preserved your purity in the vast den of sin that is Latin American. Hear, Hear! To karmic chastity belts!

lolafabiola said...

Do you mock me? Or do I just miss your mocking? ;-)